

Hay dos maneras de leer una etiqueta de Rioja. Una empieza por la palabra que indica el tiempo en barrica: crianza, reserva, gran reserva. La otra empieza por el sitio. José Gil pertenece de lleno a la segunda. En sus botellas no se busca la categoría de crianza, se busca el nombre del pueblo y, cuando el vino lo merece, el del paraje concreto: San Vicente de la Sonsierra, Labastida, El Bardallo, La Canoca. Es una forma borgoñona de ordenar una bodega, trasladada a una franja de Rioja donde el viñedo viejo en vaso todavía manda.
La Sonsierra, antes que la bodega
Conviene empezar por el mapa, porque en este proyecto el mapa es casi todo. San Vicente de la Sonsierra es un municipio de la comunidad autónoma de La Rioja, en la orilla norte del Ebro, y pertenece a la comarca de la Sonsierra, un nombre que viene sencillamente de bajo la sierra. Esa sierra es el Toloño, la barrera de roca que se ve al fondo de casi cualquier fotografía hecha desde sus viñas y que explica buena parte del clima de la zona.
Sobre el pueblo se levantan las ruinas del castillo de San Vicente y, a sus pies, un puente medieval cruza el Ebro. Es un paisaje de piedra, de bancales pequeños y de parcelas con nombre propio, lo contrario del viñedo continuo y uniforme que uno imagina cuando piensa en Rioja como denominación grande. Labastida, el otro pueblo donde José Gil tiene viña, queda a un paso, ya en Álava, en la misma ladera y bajo la misma sierra.
Una familia de viticultores y una etiqueta nueva
José Gil viene de una familia de viticultores de Rioja Alta. No llegó al vino desde fuera: llegó desde la viña de casa, y la parte técnica la añadió después, con la formación en enología. Sus propios distribuidores cuentan que el manejo tradicional del viñedo, el de la cepa en vaso trabajada a mano, lo aprendió de su abuelo. Es un detalle que conviene retener, porque explica por qué el proyecto no nació con una bodega y unas instalaciones, sino con un puñado de parcelas.
La cosecha de 2016 fue la primera que salió embotellada con su nombre. Antes hubo años de viña y de trabajo con la uva de casa, que es el camino habitual de casi todos los viticultores que acaban montando su propia etiqueta en Rioja. Desde el principio trabaja junto a Vicky Fernández, y el proyecto se presenta con un segundo nombre que dice bastante de la intención: Vignerons de la Sonsierra. No bodegueros, sino viticultores; no una denominación entera, sino una comarca.
Vinos de pueblo, de paraje y de parcela
La gama está construida en escalones, igual que en Borgoña. Abajo, los vinos de pueblo, que recogen varias parcelas de un mismo término y buscan retratar el conjunto: Viñedos en San Vicente de la Sonsierra y Viñedos en Labastida. Arriba, los vinos de paraje, que salen de un sitio concreto y se embotellan aparte porque dicen algo que el vino de pueblo no alcanza a decir: El Bardallo y La Canoca. La gama se completa con Camino de Ribas y con un blanco, El Calado del Espino.
Esta jerarquía no es un adorno comercial. Obliga a vendimiar por separado, a fermentar por separado y a renunciar a mezclar para corregir, que es justo lo contrario de lo que hace la Rioja clásica de gran volumen. Cuando el año viene raro, un vino de paraje puede quedarse en muy pocas botellas o directamente no salir. Ese riesgo es parte del planteamiento.
Viña vieja en vaso, poca receta en bodega
El patrimonio de la casa es viñedo viejo conducido en vaso, repartido entre San Vicente de la Sonsierra y Labastida. Manda el tempranillo, acompañado por viura y otras variedades blancas plantadas en medio de la viña, como se hacía antiguamente, y por algo de garnacha. Esa mezcla de campo, que durante décadas se consideró un defecto que había que corregir replantando, hoy es una de las señas de identidad de los vinos de parcela riojanos: aporta frescura y una textura más fina en tintos que, de otro modo, tenderían a la potencia.
En la viña trabajan con criterios ecológicos, sin herbicidas, aunque sin certificación oficial. Es una posición frecuente entre viticultores pequeños: se asume la práctica, no el sello. En bodega, el esquema es sobrio. Fermentaciones en hormigón y en madera, una parte del racimo entero según el vino, y crianzas cortas en bocoyes y barricas grandes en lugar de la barrica bordelesa de 225 litros que marcó el estilo de Rioja durante medio siglo. El resultado busca más transparencia que potencia: se nota antes el sitio que la madera.
Un calado medieval por bodega
El detalle más llamativo del proyecto es dónde ocurre todo. Elaboran y crían dentro de un calado medieval de San Vicente, una cueva excavada en la roca en la ladera del cerro del castillo. La publicación especializada Spanish Wine Lover lo identifica como La Cueva del Espino, el mismo nombre que da título a su blanco.
No es folclore. Un calado excavado mantiene temperatura y humedad estables durante todo el año sin gastar un vatio, que es exactamente lo que necesita una crianza larga y tranquila. San Vicente de la Sonsierra está horadado por decenas de ellos, herencia de siglos en los que cada casa hacía su vino. Recuperar uno para elaborar en serio es, en el fondo, otra manera de decir lo mismo que dicen las etiquetas: el vino se hace aquí, con lo que hay aquí.
Qué hemos elegido de José Gil
Hemos seleccionado cuatro referencias, dos de pueblo y dos de paraje, que permiten entender el proyecto entero sin necesidad de comprar la gama completa. Los dos vinos de pueblo sirven para fijar el estilo de la casa y para comparar dos términos vecinos que, siendo casi lo mismo sobre el mapa, dan vinos distintos. Los dos parajes son el paso siguiente, el que explica por qué alguien se toma la molestia de vinificar una parcela pequeña por separado.
Puedes verlos todos juntos, con su ficha y nuestra Nota VIP, en la página de José Gil. Si es tu primera botella suya, empieza por Viñedos en San Vicente de la Sonsierra y deja El Bardallo o La Canoca para una mesa con tiempo.
Por qué nos interesa
Rioja produce muchísimo vino y, durante años, la conversación interesante sobre vino español ocurrió en otros sitios: en el Bierzo, en Gredos, en Canarias, en Galicia. Lo que está pasando ahora en la Sonsierra, con una generación de viticultores que reivindica el pueblo y la parcela frente a la categoría de crianza, ha devuelto a Rioja al centro de esa conversación. José Gil es uno de los nombres que explican ese cambio, y sus vinos tienen algo que agradecemos especialmente: se dejan beber. No hay que descifrarlos.
Si te interesa esta forma de entender el vino, la del autor frente a la del producto industrial, encontrarás más botellas de la misma familia en nuestra selección, y seguimos contando historias como esta en la Nota VIP.
Vinos de José Gil en VIP Drink
Todos sus vinos, en una sola pagina: vinos de José Gil en VIP Drink.
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