Roberto Oliván convirtió el pequeño negocio de vino de su familia en uno de los proyectos que mejor explican hacia dónde va la Rioja de autor. Desde Lanciego, en plena Rioja Alavesa, embotella vinos que renuncian al molde del gran tinto potente y amaderado para poner el foco donde él cree que está lo importante: la parcela, la variedad y una elaboración que interviene lo justo. El resultado es una de las bodegas pequeñas más comentadas del norte de España.
Lanciego y Viñaspre: la Rioja que mira al norte

Tentenublo tiene su casa en Lanciego, un pueblo de la Rioja Alavesa asentado al pie de la Sierra de Cantabria, con viñas también en el vecino Viñaspre. Es una Rioja de altura y de frío: los viñedos se sitúan en torno a los 620 metros, sobre suelos de margas calcáreas y arenisca en los replanos que dibujan estas laderas.
La Rioja Alavesa es la más pequeña de las tres subzonas de la denominación y, para muchos, la de mayor concentración de viñedo singular. La barrera de la Sierra de Cantabria protege estas laderas y marca un clima de transición entre el mundo atlántico y el mediterráneo. Esa combinación de altitud, orientación y suelo pobre es exactamente la que buscan hoy los elaboradores que huyen del vino uniforme. No da cosechas fáciles ni abundantes, pero sí uvas con acidez, con tensión y con capacidad de reflejar el lugar. En una denominación tan grande y tan asociada a la marca comercial, elegir este rincón concreto ya es una forma de tomar partido.
Aquí las barricas cuentan menos que las parcelas.
Dieciséis hectáreas repartidas en parcelas viejas
El núcleo de la explotación son unas dieciséis hectáreas de viña familiar, a las que Roberto Oliván ha ido sumando parcelas poco a poco. No es un pañuelo homogéneo, sino un mosaico de pequeñas viñas, muchas de ellas viejas, que se trabajan por separado. Esa fragmentación, que para una bodega industrial sería una pesadilla logística, es aquí la materia prima del proyecto: cada parcela puede acabar contando su propia historia en una botella.
El viñedo reúne una paleta de variedades más amplia de lo habitual. Junto al tempranillo y la garnacha aparecen la viura y la malvasía, pero también rarezas como el calagraño, la garnacha gris o la monastrell. Es un catálogo que remite a la Rioja de antes de la estandarización, cuando en una misma viña convivían tintas y blancas mezcladas, y que hoy resulta casi exótico frente a la hegemonía del tempranillo en solitario. Cada una de esas variedades aporta una pieza distinta: color y estructura, acidez, aroma o esa textura ligeramente salvaje que dan las cepas viejas de garnacha.
Blancas en el tinto y poca madera: la marca de la casa

Dos rasgos definen el estilo de Tentenublo y lo separan de la Rioja más clásica. El primero es el uso de una pequeña proporción de variedades blancas dentro de los tintos, una práctica antigua recuperada para ganar aroma y frescor. El segundo es una elaboración de intervención mínima, con vendimia manual y un papel muy reducido de la barrica: aquí la madera acompaña, no manda.
Es, en esencia, lo contrario del tópico riojano de crianzas y reservas marcados por el roble, esa jerarquía de tiempos de barrica que durante décadas definió lo que se entendía por «buen Rioja». Oliván pertenece a esa generación de elaboradores, formados y viajados, que ha decidido que el vino debe saber al sitio del que viene antes que a la bodega donde se cría. Según reseñas del sector, su propio recorrido incluye una sólida formación enológica y experiencia de vendimias en varios países antes de volver a casa; y su lectura de la Rioja apunta, sin medias tintas, a una sacudida de fondo en la denominación.
Ese discurso no es solo suyo. En los últimos años, la propia Rioja ha empezado a reconocer categorías como el vino de zona, de municipio y de viñedo singular, un giro que da la razón a quienes, como Tentenublo, llevaban tiempo defendiendo que el origen concreto importa más que la etiqueta comercial. Oliván no llegó tarde a esa conversación: estaba entre quienes la empujaron.
Tentenublo, Xérico y el Escondite del Ardacho

La gama está pensada como una escalera que va de lo general a lo singular. En la base están el Tentenublo tinto, que ronda las 20.000 botellas, y el Tentenublo blanco, un ensamblaje de viura y malvasía de unas 5.400. Un peldaño por encima aparece Xérico, con cerca de 8.000 botellas, un vino que rinde homenaje a varias generaciones de la familia.
La cima es Escondite del Ardacho, una colección de vinos de parcela con tiradas cortísimas, de un máximo aproximado de 1.800 botellas por referencia, en la que la biodiversidad de cada viña es el argumento. Bajo ese paraguas conviven etiquetas como El Abundillano, Las Guillermas —de una viña de unos setenta años—, Veriquete, San José o Los Corrillos, algunas de producción tan reducida que se cuentan por unos pocos cientos de botellas. Son, en la práctica, vinos de coleccionista sin postureo: existen pocos porque pocas son las cepas que los dan.
Antes de todo esto, Oliván llegó a elaborar Údico, un txakoli alavés fermentado en barricas de castaño que hoy ya no produce. Es un detalle menor, pero dice mucho de una forma de trabajar: probar, arriesgar y quedarse solo con lo que de verdad merece la pena.
Qué esperar de un Tentenublo
De todo lo anterior se deduce un estilo, más que una ficha de cata. Al reducir el peso de la barrica y sumar variedades blancas a los tintos, estos vinos tienden a mostrarse aromáticos, frescos y con la fruta por delante, en lugar de esconderla bajo capas de madera. Son riojas pensados para beber con gusto y no solo para guardar, en las antípodas del reserva monumental. Quien llegue buscando el tinto oscuro, dulzón y muy tostado de toda la vida se llevará una sorpresa; quien busque una Rioja que sepa a su sierra, a su altura y a su año, está en el sitio correcto.
Por qué la seguimos

Tentenublo encaja de lleno en el tipo de proyecto que nos interesa: pequeño, honesto, anclado a un lugar concreto y con una idea clara de por qué hace lo que hace. No es un vino de moda; es el trabajo cabezota de alguien convencido de que la Rioja del futuro se juega en la viña y no en la sala de barricas. Esa convicción no ha pasado desapercibida: la crítica y el sector llevan años señalando a Tentenublo como una de las referencias del cambio de época en la denominación, y a su autor como uno de los nombres que abrieron camino a toda una generación de riojas de parcela.
Hay bodegas que se explican por su historia y otras que se explican por su terquedad. Tentenublo es, sobre todo, lo segundo: una idea llevada hasta el final, parcela a parcela, botella a botella. Y funciona especialmente bien leído junto a otros viticultores que comparten esa obsesión por la parcela, la altura y la variedad recuperada.
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