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Comando G: la garnacha de Gredos que conquistó el mundo desde el granito

Comando G reivindicó la garnacha de la Sierra de Gredos como vino fino, fresco y de altura. Descubre su historia, su filosofía borgoñona y sus vinos de culto.
Garnacha vieja de altura en la Sierra de Gredos
Garnacha vieja de altura en la Sierra de Gredos

Durante décadas, decir “garnacha” en España fue invocar un tópico: tintos densos y cálidos, altos de alcohol y de fruta en compota, materia prima de granel antes que de alta gama. Un puñado de viticultores empeñados en la Sierra de Gredos se propuso demostrar justo lo contrario, y ninguno lo consiguió con tanta repercusión como Comando G. Desde viñas viejas plantadas sobre granito, a más de mil metros de altitud, este proyecto ha convertido la garnacha en un vino fino, fresco y luminoso, capaz de sentarse a la misma mesa que un gran borgoña. No es hipérbole de folleto: es la razón por la que hoy Gredos figura en las cartas de vino más exigentes del planeta.

El comando que reivindicó una montaña

Fernando García y Daniel Landi
Fernando García y Daniel Landi

El nombre es una declaración de intenciones envuelta en nostalgia. Comando G toma prestado el título con el que se emitió en la televisión española, a finales de los setenta y comienzos de los ochenta, la serie de animación japonesa conocida internacionalmente como Gatchaman o Battle of the Planets. Pero aquella “G” esconde aquí una doble lectura muy consciente: Garnacha y Gredos.

Detrás del proyecto están Fernando García y Daniel Gómez Jiménez-Landi, más conocido como Dani Landi: dos enólogos que se conocieron estudiando en Madrid y que hoy figuran entre los grandes nombres del vino español. Comando G echó a andar en 2008 y en sus primeros años sumó a un tercer socio, el enólogo Marc Isart, que abandonó el proyecto en 2013 y desde entonces desarrolla su carrera en otras bodegas de la sierra. La sociedad actual es cosa de dos: García —vinculado también a Bodega Marañones— y Landi comparten una misma obsesión, la de una garnacha entendida como vino de montaña y no como tinto de secano cálido.

Granito, altura y aire

Maceración y crianza en la bodega de Gredos
Maceración y crianza en la bodega de Gredos

La materia prima de Comando G son viñedos viejos de garnacha repartidos por la Sierra de Gredos, un macizo que extiende sus laderas entre las provincias de Madrid, Ávila y Toledo. El corazón del proyecto está en Rozas de Puerto Real (Madrid) y en el valle del Alberche, ya en Ávila, con parcelas que trepan desde los 900 hasta cerca de los 1.230 metros de altitud. Muchas de esas cepas superan el medio siglo de vida y algunas rozan los ochenta años; buena parte estaba abandonada o a punto de arrancarse cuando el proyecto empezó, sencillamente porque no rentaba. En total, Comando G reúne alrededor de una veintena de hectáreas, una superficie modesta que explica por qué muchas de sus etiquetas se embotellan en tiradas tan cortas.

Dos factores lo cambian todo. El primero es el suelo: granito descompuesto —arenas graníticas, con focos puntuales de pizarra y cuarzo— que aporta tensión, mineralidad y un tanino de grano fino, en las antípodas de las arcillas cálidas asociadas al tópico de la garnacha. El segundo es la altitud, que alarga el ciclo de maduración y preserva la acidez natural: las noches frías de la sierra permiten que la uva madure despacio, sin acumular el exceso de azúcar y de alcohol propio de los viñedos de cota baja. Granito y altura: esa es la fórmula de la frescura.

Roca y aire: dos palabras que sintetizan el ideal de estos vinos de granito y altura.

Una mirada borgoñona a la garnacha

La montaña de Gredos, patria de la garnacha fina
La montaña de Gredos, patria de la garnacha fina

Si el terruño es la mitad de la historia, la otra mitad es la forma de trabajarlo. Comando G aplica a la garnacha una lógica que hasta entonces parecía reservada a Borgoña: la del terroir llevado al detalle, con una jerarquía de vinos que va de lo general a lo particular —de los vinos de pueblo a las parcelas singulares— y una intervención mínima que aspira a no tapar el paisaje.

En el campo, agricultura ecológica y biodinámica, laboreo con caballo y vendimia manual. En la bodega, fermentaciones con levaduras autóctonas, uso frecuente de racimo entero, maceraciones largas y una mano muy ligera tanto con la extracción como con el sulfuroso. El objetivo declarado no es un tinto de músculo, sino un vino transparente, aromático y digerible, capaz de rivalizar en elegancia con el pinot noir de Borgoña o la syrah del norte del Ródano. Garnacha, sí, pero concebida como vino de finura.

De La Bruja a los grandes parcelarios

Los vinos de Comando G
Los vinos de Comando G

La puerta de entrada al universo Comando G es La Bruja de Rozas, su vino más accesible y el que mejor resume el estilo de la casa: floral, jugoso, de trago fácil y sin una gota de pesadez. Su etiqueta encierra además una pequeña historia de nomenclatura. Nació como La Bruja Avería, un guiño pop, y más tarde pasó a llamarse La Bruja de Rozas, en referencia a Rozas de Puerto Real, el pueblo del que procede buena parte de sus uvas, nombre con el que se embotella en la actualidad.

Por encima se ordena una pirámide de vinos cada vez más precisos. Rozas 1er Cru, presentado en 2013, ensambla las mejores viñas del municipio y ejerce de escalón intermedio. Y en la cima están los parcelarios, vinos de una sola viña elaborados en cantidades mínimas que se han convertido en objetos de deseo: Las Umbrías, Tumba del Rey Moro y Rumbo al Norte figuran entre las garnachas de pago más codiciadas del planeta. Capítulo aparte merece El Tamboril, su incursión en el vino blanco, prueba de que la ambición de la casa no se agota en el tinto.

Ese salto de ambición vino acompañado de un salto de infraestructura: la bodega original estaba en Cadalso de los Vidrios (Madrid) y en 2023 el proyecto estrenó nuevas instalaciones en Villanueva de Ávila, ya en pleno corazón de Gredos.

Del rescate local al mapa del mundo

La bodega, en San Martín de Valdeiglesias
La bodega, en San Martín de Valdeiglesias

Cuando García, Landi e Isart empezaron, muchas de aquellas garnachas viejas estaban condenadas. Lo que hizo Comando G fue probar que ese patrimonio, bien entendido, podía dar algunos de los tintos más finos de Europa. El proyecto se convirtió en la punta de lanza de todo un renacimiento —el de los llamados “vinos de Gredos”— y arrastró consigo la reputación de una comarca entera. A su estela, nombres como el propio Marañones o Bernabeleva han terminado de consolidar a Gredos como uno de los territorios más admirados del vino español contemporáneo.

El reconocimiento llegó pronto y desde fuera. La crítica internacional los adoptó, sus botellas entraron en las cartas de los restaurantes de referencia y sus parcelarios alcanzan hoy precios y listas de espera propios de las grandes etiquetas borgoñonas; no en vano la prensa especializada ha llegado a describir Rumbo al Norte como la garnacha de una sola viña más coleccionable del mundo. Pero, más que las cifras, lo decisivo es el cambio de relato: gracias en buena medida a Comando G, la garnacha dejó de ser sinónimo de vino cálido y alcohólico para reivindicarse como una de las uvas más elegantes y expresivas del sur de Europa.

Para entender de primera mano de qué hablamos cuando hablamos de garnacha de altura, no hay mejor camino que descorchar una botella —fresca, en copa ancha y sin miedo a acompañarla de un pescado o unas verduras, además de las carnes de siempre—. En nuestra selección de vinos encontrarás referencias que comparten esa misma búsqueda de frescura y verticalidad, y en la Nota VIP nuestro sumiller te orienta sobre cuáles se acercan al ideal de Gredos. Roca y aire, en definitiva, servidos en copa.