
Hay vinos que saben a un sitio. Los de Bodegas Bernabeleva saben a granito descompuesto, a monte de jara y a la altura fresca de la Sierra de Gredos. En San Martín de Valdeiglesias, en el extremo suroeste de la Comunidad de Madrid, esta bodega ha convertido la garnacha —esa uva durante décadas condenada al granel y a los rosados baratos— en uno de los tintos más elegantes y luminosos de España. Y lo ha hecho recuperando un viñedo que llevaba medio siglo dormido.
La finca del doctor Álvarez-Villamil

La historia empieza en 1923, cuando el doctor Vicente Álvarez-Villamil compró tierras a los pies del Cerro de Guisando, junto a los célebres Toros de Guisando, y plantó garnacha. Álvarez-Villamil era un médico republicano de prestigio —yerno del célebre psiquiatra José María Esquerdo— y aquel viñedo fue durante años su refugio. Tras la Guerra Civil se le inhabilitó para ejercer la medicina, y la finca quedó al margen del gran comercio del vino: las cepas siguieron ahí, envejeciendo en silencio, durante décadas.
El proyecto moderno nació hacia 2006, cuando los bisnietos del doctor decidieron devolver la finca a la vida y elaborar vino con aquellas viñas viejas que su bisabuelo había plantado el siglo pasado. Muchas de aquellas cepas rondan hoy entre los cuarenta y los ochenta años y son la materia prima de casi todo lo que embotella la casa. Recuperaron el nombre del paraje, Bernabeleva —un topónimo que, cuentan, evoca el lugar del oso—, y estamparon en la etiqueta los Toros de Guisando y una fotografía antigua de Luisa, la hija del fundador. Pocas bodegas españolas de referencia tienen una raíz tan literal: no es una marca inventada, sino una finca familiar que vuelve.
Gredos, o la garnacha que mira a la montaña

Bernabeleva pertenece a la subzona occidental de la D.O. Vinos de Madrid, en la confluencia entre la Sierra de Gredos y el Guadarrama. Aquí la palabra clave es granito. Los viñedos —unas 35 hectáreas— se asientan entre los 600 y los 830 metros de altitud sobre suelos de granito descompuesto, pobres en materia orgánica, ácidos y arenosos. Es justo lo contrario del terruño que persigue la potencia: la altura da noches frías, la roca da drenaje y tensión, y la garnacha, tan generosa en otros lugares, aquí se vuelve fina, perfumada y mineral. Durante mucho tiempo la etiqueta «Vinos de Madrid» sonó a denominación menor; Bernabeleva y sus vecinos se encargaron de desmentirlo.
A mediados de los años 2000, un puñado de proyectos empezó a reivindicar esta garnacha de altura como gran vino de terruño, frente a la moda de los tintos concentrados y muy amaderados. Bernabeleva fue una de las bodegas fundacionales de aquella ola. En sus inicios contó con el asesoramiento del célebre enólogo Raúl Pérez —entre 2006 y 2009— y, sobre todo, con la llegada en 2007 de Marc Isart, el técnico que asentó la viticultura ecológica de la casa y que, un año después, cofundaría Comando G, el proyecto que terminaría de poner a Gredos en el mapa. Esa comunidad de gente y de ideas —compartida con nombres como Bodega Marañones— convirtió una comarca olvidada en una de las más admiradas de Europa. El estilo que definieron entre todos —tintos de color ligero, poca madera y mucha tensión— es hoy una referencia que se estudia dentro y fuera de España.
La garnacha de Gredos no busca impresionar por músculo, sino por finura: color ligero, aroma de fruta roja y monte bajo, y esa mineralidad de piedra mojada que solo da el granito de altura.
Viticultura: caballo, luna y mínima intervención

La filosofía de Bernabeleva se lee mejor en el viñedo que en la bodega. El cultivo es ecológico y biodinámico: se trabaja el suelo con caballo para no compactar la tierra, se siguen los ritmos del calendario lunar, se emplea compost propio y, cuando hace falta, solo azufre y cobre. Nada de herbicidas ni de recetas de enología correctora. Junto a la garnacha y la albillo real, la finca conserva variedades casi olvidadas como el morenillo o el moscatel de grano menudo, un pequeño museo vivo de la biodiversidad de Gredos.
En bodega, la lógica es la misma: intervenir lo justo. Se fermenta a menudo con raspón —racimo entero— y con pisados, en depósitos y tinos de madera, y se cría en barricas y fudres de gran formato para que el roble no tape el terruño. El resultado son garnachas de color luminoso, sin maquillaje de madera, pensadas para expresar la parcela de la que salen antes que el gusto de quien las elabora.
Los vinos: de Navaherreros a los parcelarios

La puerta de entrada es Navaherreros, la garnacha de la casa: un vino de paraje que reúne varias viñas y que se ha convertido en un clásico por su equilibrio entre finura y precio, la mejor manera de entender el estilo de la bodega sin ir todavía al parcelario. Por encima aparece Camino de Navaherreros, un vino de pueblo con algo más de cuerpo, y luego el corazón del proyecto: los vinos de parcela. La bodega ordena su gama con una lógica casi borgoñona —paraje, pueblo y parcela—, donde cuanto más se estrecha el origen, más habla el suelo. En copa, Navaherreros es puro Gredos: fruta roja fresca, hierbas de monte y un paso ligero pero sabroso, sin la pesadez de tantas garnachas del sur.
Los grandes vinos son garnachas de viña única, cada una con su carácter: Arroyo del Tórtolas, elaborada con raspón y crianza larga; Carril del Rey, de una viña que madura tarde por su orientación; Viña Bonita, a unos 700 metros de altitud; o Los Maestres. Vinos de guarda, sutiles y verticales, que envejecen con la gracia de un buen borgoña y que explican por qué la crítica lleva años hablando de Gredos como una de las grandes patrias de la garnacha. En la Nota VIP encontrarás nuestra valoración de las añadas que tenemos en catálogo.
Cantocuerdas: la albillo real como gran blanco

Si la garnacha es la bandera de Gredos, la albillo real es su secreto mejor guardado. Es la uva blanca autóctona de la comarca, y Bernabeleva la trata con la misma seriedad que a sus tintos. El Navaherreros Blanco, con albillo y algo de macabeo, es un blanco fresco y gastronómico; pero la joya es Cantocuerdas Albillo, un blanco de viña única que demuestra que esta variedad —tantas veces despreciada por rústica— puede dar vinos de terruño: texturados, salinos y con capacidad de guarda. La casa completa la familia de blancos con Manchomuelas y con los Cantocuerdas de moscatel de grano menudo, secos y dulces, otro guiño a las variedades viejas de la zona.
Por qué Bernabeleva importa
Bernabeleva no es solo una bodega bien hecha: es una de las piezas con las que se reescribió la historia reciente del vino español. Junto a un grupo de viticultores tercos y cultos, ayudó a demostrar que a menos de una hora de Madrid, sobre granito y a gran altura, la garnacha podía competir de tú a tú con los tintos más elegantes del mundo, y que la albillo real merecía un sitio entre los grandes blancos. No es casualidad que Gredos figure hoy entre los grandes nombres del vino fino español, ni que sus garnachas se busquen con la misma pasión que un buen borgoña. Beber Bernabeleva es beber Gredos: montaña, piedra y una idea muy clara de lo que debe ser un vino fino. Descúbrela en nuestra selección de vinos y déjate llevar por la garnacha de altura.