En un pueblo de treinta habitantes de la Rioja Alta, Berta Valgañón dejó una carrera hecha para volver a las viñas de su familia. No lo hizo para repetir lo que ya existía, sino para embotellar algo que llevaba generaciones marchándose a granel: el carácter de unas viñas viejas plantadas en la parte más fría de la denominación. Su proyecto es pequeño, artesanal y ecológico, y encaja como un guante en esa nueva Rioja que reivindica el pueblo, la parcela y la variedad por encima de la marca.
De Villaseca a Cuzcurrita: cuarto generaciones de viña

Berta Valgañón es la cuarta generación de una familia de viticultores de Villaseca, una aldea de la Rioja Alta que hoy apenas reúne una treintena de vecinos. Durante décadas, los suyos cultivaron y elaboraron vino de forma discreta; ella creció entre esas cepas antes de formarse como ingeniera técnica agrícola y especializarse en viticultura y enología.
El escenario importa tanto como la biografía. Villaseca, Fonzaleche, Cellorigo o Cuzcurrita de Río Tirón se sitúan en el extremo noroeste de la Rioja Alta, en el valle del Tirón, a los pies de los montes Obarenes que hacen de frontera con Burgos y el País Vasco. Es una de las zonas más altas, frías y menos transitadas de la denominación: menos folletos, menos autobuses de bodega y más viña vieja de verdad.
En 2019 dio el paso que lo cambió todo: dejó su rumbo profesional anterior para dedicarse por completo a las viñas familiares. Recuperó una vieja bodega en el barrio de bodegas de Cuzcurrita de Río Tirón, en la calle Las Cuevas, siguiendo esa tradición riojana de calados y lagares excavados que los pueblos conservan como un patrimonio silencioso. Desde ahí empezó a firmar sus propios vinos. La idea de partida es tan simple como exigente, y ella misma la resume sin rodeos:
Un gran vino siempre parte de un gran viñedo.
No es una frase de folleto. Es, literalmente, el orden de prioridades de la casa: primero la viña, luego la bodega. Todo lo demás viene detrás.
Diez hectáreas, nueve variedades y una idea fija: el viñedo manda

Berta Valgañón trabaja alrededor de diez hectáreas repartidas entre Villaseca y Fonzaleche, cultivadas en ecológico. De ese total, aproximadamente la mitad se vende y el resto sostiene su producción propia. Son viñedos situados entre los 500 y los 600 metros de altitud, en una zona fría de contrastes marcados entre el día y la noche, con parcelas de cepas que superan los cien años de vida.
En esas hectáreas conviven hasta nueve variedades. Entre ellas figuran tintas y blancas poco habituales fuera de la Rioja más tradicional: junto al tempranillo y la garnacha aparecen el graciano y la maturana, y en blanco la viura, la malvasía, el calagraño y el tempranillo blanco. No es un catálogo cualquiera. La maturana es una de las variedades autóctonas más antiguas de la Rioja, recuperada tras estar a punto de desaparecer; el calagraño es una blanca vieja y poco común; y el tempranillo blanco es una mutación del tempranillo tinto hallada en la propia Rioja. Esa diversidad no es un capricho de coleccionista, sino la herencia real de un viñedo viejo plantado antes de que la denominación se homogeneizara.
El manejo es artesanal y de vocación regenerativa, con la biodiversidad como aliada en lugar de como estorbo. Regenerar, en el campo, significa cuidar el suelo vivo, las cubiertas vegetales y el equilibrio del ecosistema en lugar de forzar la viña a base de química. En un paisaje donde la mecanización y el rendimiento marcaron el paso durante décadas, mantener cepas viejas y trabajarlas a mano es una decisión económica incómoda y una apuesta enológica clara.
Pretium y Berta Valgañón: dos marcas, una misma mano

La producción total ronda las 17.000 botellas y se ordena en dos marcas complementarias. La línea que lleva su nombre, Berta Valgañón, es la de mayor rotación e incluye un rosado, un blanco, un tinto y un monovarietal de maturana. La gama Pretium, reservada a los viñedos centenarios, agrupa las etiquetas más limitadas: un blanco, un tinto de etiqueta negra y una garnacha de producción mínima, de apenas unos cientos de botellas.
Ese reparto explica bien su filosofía. Pretium no es un vino «de gama alta» inventado para subir el ticket medio: es lo que sale, en cantidades pequeñísimas, de las parcelas más viejas y singulares. La otra línea permite que el proyecto sea sostenible y que haya vinos de entrada más accesibles sin renunciar al mismo origen ni a la misma forma de trabajar. Es una manera honesta de ordenar una bodega pequeña: que lo excepcional se pague como excepcional y que lo cotidiano siga siendo cotidiano.
La bodega, además, se puede visitar. Berta Valgañón abre sus viñas y su calado a catas y visitas para grupos reducidos, algo que en una zona tan poco masificada convierte la experiencia en una conversación de tú a tú con quien firma el vino, y no en un espectáculo de autobús.
Región I: por qué el frío importa
Uno de sus vinos se llama, directamente, Maturana Región I. No es una etiqueta al azar. La clasificación de Winkler y Amerine ordena las zonas vitivinícolas según la acumulación de calor a lo largo del ciclo, y la Región I es la más fresca de esa escala: la que se asocia a maduraciones lentas, acideces vivas y vinos de perfil más tenso y aromático.
Reivindicar la Región I en plena Rioja es una declaración de intenciones. Frente a la imagen del tinto potente, muy maduro y muy amaderado que hizo famosa a la denominación, Berta Valgañón se sitúa en el extremo opuesto del termómetro: altura, frescor, variedades recuperadas y una intervención mínima que busca que el vino sepa más al sitio que a la bodega. Es la misma corriente que recorre hoy a los productores más inquietos del país, la que ha llevado a hablar de «vinos de pueblo» y «vinos de parcela» también en Rioja, y la razón por la que su nombre aparece cada vez con más frecuencia junto al de la nueva viticultura española.
Por qué la seguimos
Berta Valgañón reúne casi todo lo que buscamos en un proyecto para la Revista: una historia verdadera de arraigo, un viñedo viejo trabajado con respeto, una escala honesta y una idea coherente de principio a fin. No vende un relato prestado; embotella el suyo. Y lo hace en una de las zonas más frías y menos ruidosas de la Rioja Alta, que es justo donde suelen esconderse los vinos que merecen la pena.
Hay, además, algo especialmente valioso en su historia: la de alguien que tuvo una vida profesional resuelta y eligió, ya de adulta, volver al campo para no dejar morir un patrimonio familiar. Ese tipo de decisiones no salen en la etiqueta, pero se notan en la botella.
Es una de esas bodegas que ganan cuando se prueban en contexto. Por eso tiene sentido leerla al lado de otros viticultores que han hecho del frío, la altura y la variedad su bandera.
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