Catar suena a ritual reservado a expertos que hablan raro y agitan la copa con cara de circunstancias. En realidad es lo contrario: es una forma de prestar atención a lo que ya estás bebiendo, para disfrutarlo más y entender por qué te gusta o no. No hace falta memorizar cientos de aromas ni acertar la añada a ciegas. Con cinco pasos ordenados y cuatro palabras básicas, cualquiera cata sin sentirse ridículo. Vamos con ellos.
Paso 1: la vista
Antes de oler nada, mira. Inclina la copa sobre un fondo claro —una servilleta, un mantel blanco— y fíjate en el color y su intensidad. En un tinto, los tonos violáceos y vivos suelen indicar juventud, mientras que los reflejos anaranjados o teja apuntan a más edad o crianza. En un blanco, del casi transparente al dorado hay todo un recorrido de estilo. No se trata de adivinar nada exacto, sino de empezar a leer la botella con los ojos. La limpidez —que el vino se vea limpio y brillante, no turbio— es lo primero que registrarás casi sin querer.
Paso 2: el primer olfato, con la copa quieta
Acerca la nariz a la copa sin agitarla todavía. Este primer olfato capta los aromas más volátiles y sinceros, los que el vino ofrece por sí solo. No busques identificar veinte cosas; quédate con una impresión general. ¿Huele a fruta? ¿A algo floral? ¿Notas madera, un punto tostado, algo balsámico? Basta con orientar la familia de aromas. Este paso también sirve de alerta: si algo huele claramente mal —a cartón mojado, a vinagre, a humedad rancia—, conviene detectarlo antes de seguir.
Paso 3: el segundo olfato, tras agitar
Ahora sí: haz girar el vino en la copa con un movimiento suave, apoyándola en la mesa si te da vértigo hacerlo en el aire. Ese giro oxigena el vino y libera nuevos aromas que estaban escondidos. Vuelve a oler. Casi siempre notarás que el vino se ha abierto y aparecen matices que antes no estaban. Es el momento de jugar con las asociaciones sin miedo al ridículo: cada uno huele desde su memoria, y decir “me recuerda a fruta madura” o “a hierba fresca” es tan válido como cualquier término técnico.
No existe la respuesta correcta en un aroma. Si a ti te recuerda a las ciruelas de tu abuela, ese es tu descriptor, y vale tanto como el de cualquier catador.
Paso 4: la boca
Da un trago no demasiado grande y, en lugar de tragarlo de inmediato, paséalo por toda la boca unos segundos. Aquí se juntan varias sensaciones que conviene separar mentalmente. La acidez es esa frescura que hace la boca agua, la que da vida y ganas de otro sorbo. El tanino, presente sobre todo en tintos, es esa aspereza ligeramente secante en las encías, como la de un té muy cargado. El cuerpo es la sensación de peso: hay vinos ligeros como el agua y otros densos y envolventes. Y el dulzor, cuando existe, se nota al principio del trago.
No tienes que ponerles nota. Basta con preguntarte si el conjunto está equilibrado o si algo domina en exceso: un vino puede ser demasiado ácido, demasiado tánico o demasiado alcohólico, y reconocerlo ya es catar de verdad.
Paso 5: el retrogusto y el final
Traga (o escupe, si estás catando varios) y presta atención a lo que queda. El final es cuánto dura el sabor después de tragar: un vino sencillo desaparece enseguida, uno más interesante deja un recuerdo largo y agradable. El retrogusto es la calidad de ese recuerdo: ¿es placentero, limpio, sabroso, o se apaga con un punto amargo o áspero? Un final largo y grato es una de las señales más fiables de que estás ante un buen vino, más que cualquier detalle aislado.
Un vocabulario mínimo para empezar
Para describir sin trabarte, te basta con media docena de palabras honestas. Fresco (con buena acidez), ligero o con cuerpo (según el peso), afrutado, floral, especiado o con madera (según el aroma), suave o áspero (según el tanino) y largo o corto (según el final). Con eso puedes contarle a cualquiera cómo es un vino y entenderte con una carta o con un vendedor. Lo demás llega solo, catando.
La única forma de mejorar es practicar, idealmente comparando. Abre dos vinos del mismo tipo y pásalos por estos cinco pasos: las diferencias saltan a la vista mucho antes de lo que crees. Empieza por un par de tintos o de blancos distintos y conviértelo en un pequeño juego. Se aprende bebiendo con atención, no leyendo manuales.