
Hay mapas del vino español en los que ciertas comarcas simplemente no aparecen. La provincia de Albacete, con sus altiplanos barridos por el viento y sus pueblos de nombre áspero, es una de ellas. Y sin embargo, en Fuente-Álamo —un municipio del sureste albaceteño que, pese a estar en Castilla-La Mancha, pertenece a la Denominación de Origen Jumilla— tres hermanos apellidados Cerdán llevan años demostrando que del terruño menos glamuroso pueden nacer algunos de los tintos y blancos más personales del vino de autor español. Su casa se llama Bodega Cerrón, y su materia prima son viñas viejas plantadas casi en el techo de Jumilla. No es un discurso de marketing: es geología, altitud y un apellido con cuatro generaciones detrás.
La Muela, viñedo en el techo de Jumilla

La D.O. Jumilla se reparte entre la Región de Murcia y una franja de la provincia de Albacete, y Fuente-Álamo es uno de esos municipios albaceteños que quedan dentro de la denominación. Es, además, su rincón más alto y más frío. Los viñedos de Bodega Cerrón se sitúan en su mayoría entre los 850 y los 960 metros de altitud, y algunas parcelas del paraje de La Muela trepan hasta los 1.050 metros. A esas cotas, la vid vive de otra manera: la fuerte oscilación térmica entre el día y la noche frena la maduración, alarga el ciclo y preserva la acidez natural de la uva, algo especialmente valioso en una zona tan cálida y soleada como el sureste peninsular. El clima es duro y continental, de inviernos fríos y veranos secos, y la viña se cría baja y resistente, adaptada a un entorno donde el agua escasea. El suelo hace el resto: tierras calcáreas, salpicadas de fósiles marinos y de cantos calizos en superficie, que aportan a los vinos ese punto mineral y vertical que la familia persigue. No es la Jumilla del tinto denso y sobremaduro del tópico; es una Jumilla de altura, tensa y luminosa.
Cuatro generaciones y un apellido: los Cerdán

Detrás de Cerrón hay una historia de familia larga y un relevo generacional reciente. Los abuelos transmitieron los métodos de vinificación ancestrales de la comarca; en los años ochenta, la tercera generación —los padres— heredó parte de las viñas y apostó por un paso que entonces resultaba casi excéntrico: el cultivo ecológico certificado, siendo de los primeros en abrazarlo dentro de la denominación. Sobre esos cimientos se levanta el proyecto actual, en manos de la cuarta generación: tres hermanos jóvenes, Carlos, Juanjo y Lucía Cerdán. Carlos, formado en Biotecnología en Valencia, se incorporó a la dirección técnica en 2013 y es la cabeza enológica visible de la casa. Tras formarse y viajar por distintas regiones vitivinícolas, los hermanos reorientaron la bodega hacia un objetivo tan sencillo de enunciar como difícil de cumplir: salvar el patrimonio vegetal de su tierra y hacer con él vinos que se entiendan en cualquier carta del mundo. No es casual que una de sus etiquetas, La Calera del Escaramujo, guarde memoria del paraje donde arraigó la familia.
«Trabajamos todo el viñedo en ecológico, con algunas parcelas en biodinámico», resume la propia familia en la web de la bodega.
Viñas a pie franco y variedades que casi se pierden

El verdadero tesoro de Cerrón está bajo tierra. Buena parte de sus viñedos son viñas viejas, muchas de ellas centenarias y plantadas a pie franco, es decir, sobre su propia raíz, sin el portainjertos americano que se generalizó tras la plaga de la filoxera. Son cepas que han sobrevivido más de un siglo y que hoy se cuentan entre lo más valioso del patrimonio vitícola español. En total, la familia cuida más de setenta hectáreas de viñedo, de las cuales una parte muy significativa corresponde a esas viñas viejas a pie franco, y el resto a plantaciones injertadas que también acumulan décadas. La variedad reina es la monastrell, la uva histórica de Jumilla, aquí cultivada en viejas cepas de secano. Pero lo que distingue a la bodega es su empeño por recuperar castas locales al borde de la desaparición: la moravia agria —que entra, por ejemplo, en el ensamblaje de su tinto Los Yesares—, además de forcallat, rojal, blanquilla, subirat parent, bobal o malvasía, junto a plantaciones de chardonnay y petit verdot que dan la réplica en un registro más internacional. Es un trabajo casi de arqueología botánica: rescatar cepas que la reconversión vitícola había condenado, propagarlas y devolverlas a la copa antes de que desaparezcan para siempre.
Ecológico, biodinámico y tinajas de barro

La coherencia entre viñedo y bodega es total. Todo el viñedo se cultiva en ecológico certificado, con parcelas que dan un paso más hacia la biodinámica, y los vinos llevan además certificación vegana. La vendimia se realiza a mano y la intervención se reduce al mínimo. En la nave, los hermanos reivindican materiales que dialogan con el paisaje calcáreo: tinajas de barro y depósitos de hormigón conviven con la madera, en busca de fermentaciones y crianzas que respeten la fruta y el mineral en lugar de taparlos. Que un blanco nazca a casi mil metros en pleno sureste es, en sí mismo, una rareza que dice mucho de la ambición del proyecto. El resultado son vinos que aspiran a ser más verticales y expresivos: tintos frescos y con nervio, blancos de altura poco habituales en esta latitud y un puñado de etiquetas donde la familia se permite experimentar sin red.
De Los Yesares a Stratum Wines: los vinos

La gama de Cerrón se lee casi como un cuaderno de bitácora. Los Yesares es su monastrell de referencia, con esa pizca de moravia agria que le imprime carácter local; El Tiempo Que Nos Une y El Sentido de la Vida exploran los ensamblajes de la casa; y los Remordimiento, en versión blanca y tinta, funcionan como puerta de entrada al universo Cerrón. A su lado aparecen etiquetas de nombre tan sugerente como La Servil o Todo sobre mí. Cada una parece responder a una pregunta —qué da esta parcela, qué expresa esta variedad rescatada— más que a una lógica puramente comercial. Mención aparte merece Stratum Wines, el proyecto más personal de Carlos Cerdán: una línea de perfil moderno elaborada a partir de viñedos viejos casi abandonados —con vinos como Matas Altas— que la crítica ha saludado como parte de la «nueva ola» jumillana. Si quieres situar estos vinos junto a otros nombres del nuevo mapa español, merece la pena echar un vistazo a nuestra selección de vinos.
El sureste que se toma en serio
Lo que hace especial a Bodega Cerrón no es solo la calidad de lo que hay en la botella, sino lo que representa. En una época en la que buena parte del vino español de autor mira hacia el Atlántico, hacia las zonas frías del noroeste o hacia los nombres ya consagrados, los Cerdán han decidido quedarse en casa: en un pueblo de Albacete que no aparece en las guías de viaje, sobre un terruño áspero y luminoso, para demostrar que la altitud, la viña vieja y las variedades autóctonas pueden reescribir la reputación de toda una comarca. Esa nueva ola —bodegas pequeñas, viticultura ecológica, recuperación de castas y de viñas viejas— está redibujando el mapa del vino español lejos de las denominaciones más mediáticas, y Cerrón es uno de sus ejemplos más elocuentes del interior peninsular. Son un proyecto joven, familiar y testarudo, exactamente el tipo de bodega que nos gusta seguir de cerca y reseñar con calma en la Nota VIP. Resulta que el sureste, tantas veces despachado como tierra de graneles, también se toma el vino muy en serio.